Un solo cuerpo en vísperas de besos

Walter Benjamin refería en su célebre ensayo sobre “El narrador” que básicamente había dos modos de narrar. Modos que coincidían, por cierto, con los dos tipos de asumir la existencia humana. Por un lado estaba el narrador que emprendía un viaje y muchos años después retornaba al pueblo natal con el firme propósito de relatarlo. Por otro lado, quedaba el otro tipo de narrador quien, pese no haber salido nunca de su aldea natal, atesoraba el viaje de experiencia del terruño, mientras esperaba sentado la vuelta del viajero. Me parece que este croquis de la experiencia de vida y de la narración sagazmente advertido por Benjamin condensa de algún modo la historia de los países y los Pueblos del Sur.

Producto de la empresa colonial y luego neocolonial cada país y cada uno de nuestros pueblos vivió su propio viaje, pero quedándose a la vez confinado y ajeno al resto. Y es recién ahora cuando venimos a comenzar a relatarnos, a re-narrarnos lo vivido/ lo sufrido/ lo resistido en ese infinito ínterin que va desde el recóndito pero de muchos modos palpitante tiempo prehispánico y el universo de sentido y experiencia actual. Este macro-relato de viaje siento que hace de hilo conductor silencioso de gran parte de los lances imaginativos y hermenéuticos de nuestra vasta y multisápida aventura estética.

Rene Char veía que el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo. Mutatis mutandi, el arte es hoy acaso para nosotros, los pobladores del Sur, también la ocasión de un amor —suspendido desde hace mucho tiempo— que a la vez que se comienza a realizar, permanece siempre deseo. Por ello los corazones de Ana Laura Cantera no sólo hablan de una experiencia de pareja como podría apresuradamente pensarse. El Otro en el amor y en el arte es siempre también colectivo, histórico, trans-generacional.

Los corazones extirpados, mortificados y des-contextualizados de Ana Laura Cantera o de Manuel Finol Cavalieri palpitan, mas no para sí mismos. Pulsan por y para el Otro. Como una vez dijo Rabindranath Tagore: «Deja que mi amor te rodee como / la luz del sol, y que, aún así / te de libertad iluminada». Caso análogo formula el video de los umbrales del beso tierno, lentísimo, carnal, cuasi pornográfico, de Sebastian Elsinger. La ambigüedad de la identidad sexual de los personajes y el primerísimo primer plano del beso no hacen sino subrayar la centralidad del lance amoroso por sobre cualquier diferencia.

Pero el deseo de rescate de otra vida en el Otro asimismo es rastreable en la performance de Ángela Barbour, quien con su viaje a sus antepasados migrantes europeos reactualiza la erótica de un encuentro en la historia personal/ familiar/ nacional suprimida, problemática aunque transformativa, sin duda alguna.

Un mirada fija y en primer plano a la tierra que pisamos en tanto que territorio compartido/ desdeñado/ degradado signa el trabajo reflexivo de Natalia Rondón, en un proyecto que aspira poner ese montoncito de tierra patria en viaje, en nomadismo, en extra-territorialidad.

Así mismo la fijeza de parte de un cierto discurso noticioso, objeto fetichista o diarismo negro —incluso en medio del metódico desdibujar de nuestra historia, rastreable en el planteo de Luján Funes— también nos habla de un ansia por recuperar un apego al prójimo perdido en clave de ternura por el país y restitución del sentimiento de patria. Un proletario sufriente que es en nuestra historia latinoamericana a la vez perseguido político, explotado económico y alienado cultural. Un solo cuerpo en vísperas de beso.

En ese punto, el uruguayo Boris Romero nos cubre y devela volúmenes amordazados y silenciados de los torturados en los regímenes totalitarios del Sur, en clave de estética industrial. Esculturas sólidas y pesadas con apariencias de blandos cuerpos aún palpitantes.

Pero la urgencia de encuentro/ requerimiento/ beso con el Otro asume un carácter a la vez tierno y sedicioso en la performance de Argelia Bravo, al religar los discursos de la desnudez femínea, el intimismo de la relación madre/ bebé al momento de amamantar y el discurso público devenido entonación dulzonamente alterada en himno nacional.

En una línea similar a la ensayada por Bravo tenemos la propuesta de Silvia Gai, quien exhibe una serie de delicados bordados en crochet blanco, meticulosamente almidonados en azúcar y aliñados de coágulos encarnados sangre, que contrastan con la arquitectura espectacularizada de una suerte de colección de corazones disecados/ serializados/ martirizados.

Vicente Aranaga trabaja, en cambio, una línea de viaje entre espiritual e irónica hacia el Otro a partir de una serie de neo-altares, profana, abstracta y luminosa, confeccionada a partir de desperdicios de la ciudad.

Salomón Reyes retoma el tema del cuerpo mortificado pero en clave de recusación a la fetichización del cuerpo femíneo “perfecto” como mercancía para satisfacer el rito consumista del mercado patriarcal capitalista. Una joven modelo acosada por cuchillos en movimiento funda la metáfora del cuerpo asediado del colectivo nacional/ global atenazado/ degradado por la voracidad de la industria cultural masiva.

Raquel Pellicano denuncia esta misma sociedad de consumo a partir de una serie de fotogramas en gran formato de impresionantes paisajes de apacible mar, tachados por la irrupción omnipresente de mercancías devenidas plástico/ porquería.

Escaleras que no conducen a ninguna parte, edificios vaciados de pobladores, faros que alumbran la desolación, portones tapiados y ciudades fantasmas son el expediente mediante el que Gabriel García Martínez da centralidad a su crítica frente a la creciente deshumanización de la sociedad moderna.

Mario Sarabí en cambio prefiere hacer una anatomía de rostros en gran formato, adrede emborronados, desdibujados y enmascarados de cicatrices como artilugio para denunciar el creciente materialismo y deshumanización de una sociedad post-aurática.

Operación parecida formula Edgar Álvarez Estrada al retomar una cita de la calamitosa imagen inmortalizada por Arturo Michelena, del prócer de la independencia americana, Francisco de Miranda, durante su prisión en La Carraca. La imagen ahora hiper-dramatizada, a modo de denuncia, resplandece en la cúspide de un ermitaño risco o en el fondo anónimo de una suerte de socavón.

El brasileño G. Fogaça retoma la instantaneidad del carnaval como metáfora de la fragilidad de la vida humana. El tratamiento pictórico gestual y expresionista remite a los planteos críticos a la sociedad capitalista formulados a partir del dadaísmo, el futurismo y el surrealismo.

Lucas Bambozzi hace un gesto análogo al patentizar las condiciones infrahumanas de existencia de todos los excluidos del planeta. La villa miseria o rancho desvencijado miniaturizado —al epicentro de su cavilación plástica— devuelve al espectador el malestar frente a la naturalización de la pobreza y el descarte humano como realidades tolerables.

Alejandro Curtto y Luíz Martins formulan asimismo una invectiva a la sociedad de consumo al transfigurar desechos ferrosos en ingentes pájaros mecánicos o, en el caso de Martins, neo-objetos anti-utilitarios. Ambos artistas recusan el proyecto capitalista de elevar a la mercancía a la dignidad de la condición humana, al tiempo que degradan al hombre al lugar de la peor de las mercancías, como ya advertía Marx.

Preocupación análoga la del artista Gustavo Alamón, quien transcurre por la invención gélida de una sociedad gerenciada por robots.

Acaso como cierre de esta expedición de miradas descuella la propuesta entre video-plástica y conceptual de Agustina Mihura quien construye una suerte de caricia de miradas entre dos amigas —emplazadas a 10 mil kilómetros de distancia— quienes ensayan filmar durante 5 minutos el deseo de encuentro mutuo, auxiliadas por un par de brújulas. La metáfora del deseo hecha horizontes diferentes, pero acoplados en el espacio deseante de un continente en trámite de re-conocerse de nuevo, resume acaso la multiplicidad de miradas al cuerpo- ciudad –continente, gestados en esta singular muestra.

Morella Jurado
Exposición: «Un solo cuerpo. Arte contemporáneo en los países del Mercosur».
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